jueves, 24 de mayo de 2012

Seduce mi mente y tendrás mi cuerpo; encuentra mi alma y seré tuya por siempre



Conquístame,
sedúceme,
envuélveme en tu espera,
entrégame tu flor de siempre,
pero no digas que me amas.
No lo digas.
No esperes que te siga
si la quietud se apodera de mis ansias.
Sé mi misterio despeinado,
mi inquietante sorpresa cada día.
Sé la inocente muestra del milagro
y sé la impenetrable muralla que no cae.
Conquístame
sedúceme
ignórame
abrúmame
y deja que el misterio se agigante,
para que muera la rutina
y los aromos de la calle
me deletreen tus fonemas imprecisos.
Porque soy yo,
así,
una mujer improvisada,
una mujer que atrapa los espacios encubiertos.
Y así consagraré mi vida a descubrirte
hasta el final del día de los tiempos.
Hasta es día.
Conquístame
ignórame
abrúmame
sedúceme.

martes, 8 de mayo de 2012

Love

Te soñé ... Te esperé ... Te encontré ... y en el momento justo Dios nos puso en el mismo camino para darnos fortaleza, confianza y realizar el más hermoso anhelo ... amarnos para siempre. Y sin dejar de ser tú, sin dejar de ser yo, seremos uno mismo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Matando nuestros sueños

El primer síntoma de que estamos matando nuestros sueños es la falta de tiempo. Las personas más ocupadas que he conocido en la vida siempre tenían tiempo para todo. Las que nada hacían estaban siempre cansadas, no conseguían realizar el poco trabajo que tenían y se quejaban constantemente de que el día era demasiado corto. En realidad, tenían miedo de enfrentarse con el Buen Combate.

El segundo síntoma de la muerte de nuestros sueños son nuestras certezas. Porque no queremos ver la vida como una gran aventura para ser vivida. Comenzamos a creernos sabios, justos y correctos en lo poco que le pedimos a la vida. Miramos más allá de las murallas de nuestra cotidianidad y oímos el ruido de las lanzas que se quiebran, el olor del sudor y de la pólvora, las grandes caídas y las miradas sedientas de conquista de los guerreros. Pero nunca sentimos la alegría, la inmensa alegría presente en el corazón de quien está luchando, porque para ellos no importan ni la victoria ni la derrota, importa sólo participar del Buen Combate.
 

Finalmente, el tercer síntoma de la muerte de nuestros sueños es la paz. La vida se convierte en una tarde de domingo y ya no nos pide grandes cosas, ni exige más de lo que queremos dar. Entonces creemos que somos maduros, dejamos de lado las fantasías de la infancia y alcanzamos nuestra realización personal y profesional. Nos sorprende cuando alguien de nuestra edad dice que aún quiere esto o aquello de la vida. Pero en realidad, en lo más profundo de nuestro corazón, sabemos que lo que sucede es que renunciamos a luchar por nuestros sueños, a librar el Buen Combate.


Cuando renunciamos a nuestros sueños y encontramos la paz, tenemos un pequeño periodo de tranquilidad. Pero los sueños muertos comienzan a pudrirse dentro de nosotros e infectan todo el ambiente en que vivimos.

Comenzamos a ser crueles con los que nos rodean y, finalmente, dirigimos esa crueldad contra nosotros. Surgen las enfermedades y las psicosis. Lo que queríamos evitar en el combate —la decepción y la derrota— se convierte en el único legado de nuestra cobardía. Y un bello día, los sueños muertos y podridos vuelven el aire difícil de respirar y comenzamos a desear la muerte, la muerte que nos libera de nuestras certezas, de nuestras ocupaciones y de aquella terrible paz de las tardes de domingo.